3.8.13

La niña y el acantilado



Cuento visualmente basado en 'The sultant's Elephant' 2009






La niña, que no era pequeña, se detuvo frente al acantilado. Sus lentos y pesados pasos la condujeron al lugar de siempre. No era la primera vez que intentaba llegar al mar. En alguna otra ocasión la niña había contemplado la idea de entregarse a ese cuerpo que  la tragaría sin reservas, pero nunca se creyó lo suficientemente valiente. Respiró profundo y sus gigantes fuelles se llenaron del aroma que la hacía soñar cada noche. Aquel despeñadero, donde abruptamente desaparecía la tierra, le fascinaba. Le maravillaba estar tan cerca y tan lejos de lo deseado. 

Un día decidió que haría todo lo posible por llegar al mar, pero su enorme hueca cabeza no entendía el peligro de la hazaña. -"Te romperás en mil pedazos" le advirtió su madre. Pero la enorme niña sólo veía el mar. Azul. Podía pasar horas observando cómo el cielo, en un beso eterno, no se separaba de él. Y un soplo de brisa marina la convenció de que era el mismo mar quien la rodeaba con sus brazos para acercarla a él. -"Es lo que más deseo en el mundo." murmuró y cerró sus ojos de cristal. Pensando que la bajada sería suave y delicada, como la voz de su amado, se dejó ir hacia lo que más quería.

Saltó.

Pero no pasó demasiado tiempo cuando las escarpadas rocas empezaron a arañar su oleácea piel y romper sus huesos de marfil. La caída fue pavorosa. Tardó cien días con sus lunas en llegar al fondo. Cuando todo hubo terminado, tirada en la costa, pensó que había estado toda su vida cayendo. No podía recordar nada antes de la caída. Su blando cerebro revivía la caída una y otra vez. Sintió tanto miedo que cerró sus ojos y no pudo darse cuenta que su amado mar estaba a sólo un estirar de sus dedos de madera. Al sentirse fracasada lloró. Lloró fuerte como un recién nacido.

 Una decena de manos que pasaban por el lugar oyeron su llanto y al ver la triste estampa corrieron a ayudar a la niña o lo que quedaba de ella. Conmovidos fueron recogiendo los trozos esparcidos por la costa. Hablaban bajo y se preguntaban qué le había podido pasar. Esa noche, una procesión de madera y cristal atravesaba la costa. 

Pasaron muchos días en un taller intentando reconstruir a la niña, aún sabiendo que algunos de sus trozos desaparecieron en el acantilado. Guiados sólo por su compasión buscaban en sus hogares maderas viejas, telas, algodón; cualquier material que les ayudara a devolver a la niña a su estado original. Claro está que su objetivo no se cumplió, resultaba evidente la mezcla de materiales en su cuerpo. Pero algo muy curioso ocurrió. A pesar de que la niña ya no poseía esa belleza inmaculada de antes de la caída, ahora poseía un encanto mayor. La decena de manos, complacidos al ver terminada su labor, rodearon a la pequeña para admirarla. "¡Es auténtica!"- exclamaron. Algunas de las manos quisieron que la niña permaneciera para siempre en el taller, pero rápidamente fueron convencidas, por otras más ancianas, de que la niña no era de su propiedad, era tan sólo su creación. "Tendrá que salir y encontrarse con el mundo"- dijo un par de manos. "No os preocupéis, los que la admiren, sabrán que es nuestra obra." La despidieron junto a la puerta, nadie la acompañó.

La enorme niña caminó, no muy segura, hasta la casa de su madre. Ésta, que no había salido de casa en todo ese tiempo, la esperaba cubierta de lágrimas en el sillón. Durante su ausencia, la madre había bordado día y noche sin parar, sólo bordaba, sin importarle qué. Bordó historias con paisajes, flores, animales y un sinnúmero de cosas en aquella tela que se hacía cada día más grande. Alzó la vista. Sólo una mirada bastó para reconocer, en aquella nueva criatura, a su hija de siempre. 

Esa primera noche transcurrió en la tranquilidad del que sabe lo que espera. Y así pasaron muchas más, pero la niña recordó el mar y de repente su hueca cabeza se llenó de todos sus recuerdos: su olor, su color, el sonido de sus olas, el eterno beso celestial. Y el día llegó.

-"Iré a dar una vuelta por el desfiladero." Al ver la confusión en la cara de su madre, le explicó que sólo daría un paseo y que no se acercaría demasiado al borde. "Sólo quiero verle de nuevo."- dijo la niña sabiendo que no era enteramente cierto. Su madre que también lo sabía, le dio su aprobación desde su sillón y bajó su cabeza para comenzar otro bordado. Un bordado que la convenciera de que su niña no seguiría sus mismos pasos. Un bordado con una historia en la que su niña no acabara postrada como ella en un sillón, bordando una tela con paisajes a donde nunca llegará por tener sus piernas rotas.

Y así, la niña, que no era pequeña, se detuvo frente al acantilado. Sus lentos y pesados pasos la condujeron al lugar de siempre.