10.3.13

Ingenio


Nueva versión de "Ingenio" 2008


‘Debe de haber salido a comprar leche’ - pensó Emilio sin sospecha alguna. Sintió que llevaba durmiendo más de un día cuando abrió sus ojos esa mañana. Arrastró su mirada por la habitación, y ésta obligó a sus pies a salir de allí. No del todo consiente, siguió buscando por toda la casa algún último rastro de ella o una nota aclarando su destino. Esta primera búsqueda ligera le sembró una especie de conclusión. Una no basada en su tradicional escritura de relatos. Abrió una ventana y fotografió con sus ojos la imagen primaveral de la ciudad. Decidido a no preocuparse por su ausencia se dirigió a la cocina.

Comenzó a revisar la alacena; la que hacía meses no revisaba. La verdad era que nunca se preocupó por la alacena. Y fue así que empezaron a circular por su cerebro preguntas un poco inquietantes. Pero era creyente absoluto del control que había en sus vidas. Un acuerdo tácito en el que él era el escritor y ella…   Así comenzaron a aflorar en su cerebro preguntas en las que no encontraba cimiento alguno. No aparecían en sus neuronas imágenes evidenciables. Debía de haberle prestado más atención. A las pequeñas cosas. A esas cosas que ahora era incapaz de recordar. A sus medias sonrisas, sus miradas poéticas, a su manta en el sofá. Entonces impuso que ella no había desaparecido. Sólo había ido al mercado y regresaría con la leche y el equilibrio. No debía de preocuparse. No se había ido. No podía haberlo hecho, en estos casos siempre está la carta, las lágrimas, la escena, las maletas. Hubiera reconocido las pistas. Suelen ser muy literarias y quién mejor que Emilio. Quiso detener la marea de pensamientos negativos y recordó una vez en la que también se había sentido abandonado, resultando ser que ella sólo había ido a pagar algunas facturas. ‘Debe de estar por volver’- pensó.  

Sin embargo, su alma seguía intranquila. Aunque trataba de ignorarlo, rondaba algo raro en la casa esa mañana. En su intento de ignorar esos pensamientos fastidiosos, se dirigió a su habitación a retomar la mañana. Necesitaba concentrarse en su escritura. Pero de vuelta al pasillo, al pasar por la ventana abierta, una corriente de aire frío cortó, como una fina navaja, la espalda de Emilio. Un viento primaveral que nubló su mente. Con el propósito de acabar con ello, recorrió la casa, el salón, la cocina, pero no encontró nada que la diferenciase de ayer. Incluso ella podría estar allí, en el salón, ahora mismo… pero no está. Se percató de que en la casa no había nada que la recordase. Se sentó. Sentado en el sofá, se esforzó por recordar todo a lo que nunca le prestó atención. Quiso recordar su nariz, un guiño, una arruga, su cintura… Necesitaba aire. Tenía que recordar. Salió a la calle.

Abrió la puerta y un rayo del sol untó su frente como un bautizo tibio y tranquilizante. Respiró. Ahora respiraba seguro de que ella regresaría. No importaba que no recordara dónde, ni cuándo la conoció. Ya se ocuparía de averiguarlo todo cuando retornara. Pensó que sería maravilloso verla volver con el sol en su espalda, etérea y mundana. Sus brazos extendidos hacia él, como una madre que todo lo perdona. Y se amarrarían en un abrazo violento. Bebería cada una de sus lágrimas, las primeras de dolor, hasta las últimas de placer. Porque envueltos en una niebla de pasión que durará días y días, con sus respectivas noches, memorizaría su cuerpo, pliegue por pliegue, cicatriz por cicatriz. Todo quedaría esculpido en su mente.

El aire fresco le hizo bien. Recuperó las fuerzas. Sentenció que debía dirigirse a su casa, ya que ella podría haber vuelto de la compra. No quería que regresara a un salón vacío, a una casa helada. Correría a su encuentro. Sólo un bloque le separaba del resto de su vida.

Un leve temblor detuvo su paso firme. Despertó un pensamiento de lo que sucedería, si al doblar la esquina, un golpe de viento se vengara de nuevo, haciendo que viera todo claramente. Limpiando toda la literatura de sus sesos. Una ráfaga que le aclarase lo que realmente ha estado ahí. Y lo que nunca estuvo del todo. Que le hiciese ver con una claridad insoportable que todo ha estado en su cabeza. Todo creado por su ingenio. Que no habían estado ahí ni el café de esa mañana, ni las hojas del roble en la ventana, ni la alacena vacía, ni la manta en el sofá. Nada. Intentó seguir caminando, pero una punzada en el costado le recordó que tampoco pudieron estar los besos, las cartas de amor, los eternos días con sus noches, los tiernos abrazos. Que nunca la conoció, que ella nunca ha estado ahí, que nunca existió.

Se apagó una luz en su cabeza. Se intensificó el temblor bajo sus pies. Tanto que le costó mantenerse en pie. Cayó al suelo. De repente todo se inundó del sonido de bombas y ramas secas. Miró a su alrededor y observó como le nacían grietas a las paredes lisas de los edificios. Coches deteniéndose en medio de la calle. La gente corría, todos huían. Él no. No tenía sentido correr cuando a lo que más temía estaba en su cabeza.

Trozos de la ciudad fueron cayendo desde el cielo alrededor del escritor. La ciudad era azotada por un terremoto. El peor de su historia. La población, como hormigas, corría de un lado para otro. Y en el medio de todo, el escritor, observaba el espectáculo, incrédulo. Todo se veía tan real. Pero para él, no había forma de estar seguro. Nunca lo estaría.