1.3.13

El Viaje del Dragonoide


Nueva versión 'Dragonoide' 2009


Disponía de dos días para conseguirlo. En dos días finalizaba el curso escolar y Marina se había propuesto recuperar aquel cromo de edición limitada Dragonoide Azul. No era que deseara su posesión, ya que aquellos personajes, de cuerpos puntiagudos y ojos endemoniados, no le hacían ni la más mínima gracia, sino que quería devolvérselo a su amigo Guille como muestra de agradecimiento. Ésta era la tercera semana que Guille no iba al cole porque estaba "malito" y no había podido hacerlo personalmente. Justo antes de que se ausentara, Hugo, con su bajo número de neuronas, le había quitado aquel preciado cromo en medio de una pelea. Marina vio como los ojos de Guille se llenaban de un agua temblorosa y sintió, en su pequeña garganta, una tremenda presión que le hizo salir corriendo, dejándole solito. Necesitaba reparar la situación y supo exactamente cómo.

Su amistad había sido una bastante peculiar, dado que Guille no hablaba casi nunca y con casi nadie. Era como si existiese un pacto entre ellos. Ambos se cuidarían mutuamente. Todo comenzó un día en que Marina lloraba en el patio. Un remolino de niños se acercó a ver lo que sucedía. Sin poder controlar sus sollozos, Marina relató como Alba, una pequeña guerrillera, con toda la premeditación que se da en esos casos, le había arrancado de un tirón una preciosa coleta de mariposa que le había puesto su madre esa mañana. Todos la escucharon con atención, pero pasados unos minutos y con su curiosidad satisfecha, volvieron poco a poco a sus juegos matutinos. Todos excepto Guille. Aquel grito de auxilio le había removido algo en el interior de su pequeño y débil cuerpecillo. Sin pensárselo, salió en busca de Alba. No fue difícil encontrarla dado el tamaño real del patio. Divisó al instante que la coleta de mariposa ahora descansaba en su muñeca. Nadie vio venir, mucho menos Alba, aquella manita que, cerrada como había visto en las pelis, aterrizó en la nuca de la niña. Alba cayó al suelo sin saber qué le había pasado. Cuando terminó de escuchar una fina voz que le dijo, "- como te chives, te pego otro puñetazo", la niña miró su muñeca y ya estaba desierta. 

Ahora le tocaba a Marina devolver el favor. Durante el desayuno, planificó su estrategia. Decidió que cuando todos salieran al patio, ella le pediría a la profesora ir al baño de la clase. Una vez autorizada, se desviaría a la mochila de Hugo y sustraería el cromo. Un plan perfecto, si no fuese porque justo antes de salir al patio, vio como Hugo se metía el cromo en el bolsillo. Ya no había vuelta atrás, la situación llamaba a un encuentro cuerpo a cuerpo. Cual detective secreto, siguió a Hugo muy de cerca. No fue nada fácil. Hugo y sus secuaces, no paraban de correr, como gallinas, sin motivo aparente. Vio su oportunidad clara cuando Hugo subió al tobogán. Marina subió detrás de él. Una vez estuvieron arriba, los dos intercambiaron miradas en la pasarela. Pudo haber sido eterno, pero el silbato de la profesora, aceleró el desenlace. Marina aprovechó la sorpresa del silbato para meter la manita dentro del bolsillo de Hugo. Cuando éste se dio cuenta, quiso responder, pero fue muy tarde. Ya se encontraba a medio camino del suelo. Marina lo había empujado tobogán abajo. Ya tenía el cromo, pero aún tenía que huir de Hugo. Ni lo pensó, dio media vuelta y saltó escaleras abajo. Corrió, corrió y corrió. En la seguridad de la clase, empezó a sentir cosquillitas en las piernas. "¿¡Marina, pero qué te ha pasado?!" - preguntó su profe haciendo despertar un millar de sensaciones en sus extremidades. Miró hacia abajo y vio dos grandes círculos rojos en sus rodillas. Fue curioso que en ese momento lo que menos le molestaba eran las rodillas y que fuera la presión en su garganta la que hiciera que explotara en llanto. Un llanto sin explicación, pero muy tranquilizante.

Esa tarde, tan feliz como si fuera su cumpleaños, Marina se bajó corriendo del autobús que diariamente la llevaba a casa, sintiéndose vencedora, saltó y abrazó fuertemente a su madre. No podía esperar para contarle su hazaña. Una vez en la mesa de la cocina, en medio de las galletas y el Cola-Cao, como un verdadero tesoro, colocó el cromo. Se fijó en el Dragonoide  y en sus picos e imaginó la sonrisa de Guille. "- ¿Crees que Guille irá mañana al cole, mamá?"- dijo sin dejar de mirar al monstruo azul.

En un minuto, todo se detuvo. Su madre, como en una foto publicitaria, se mantuvo quieta con el bote de leche en la mano. La mirada fija en el vaso. Pero el tiempo no se detuvo en la realidad y volvió a poner la leche en el refrigerador. Con una sonrisa, más bien congelada, se acercó a Marina y le dijo: "- Marina, Guille no va a volver al cole... Guille... se fue al cielo, mi vida." Marina miró a su madre a los ojos. Luego miró su boca. Vio como le temblaban los labios muy sutilmente. "-¿Al cielo?... ¿Cómo nuestra perrita Luna?" La madre inhaló como si no lo hubiese estado haciendo en todo ese rato. "-Sí, mi amor, sí, como Luna." - asintió aliviada. Marina tranquilamente tomó el cromo y se bajó de la silla. Se fue a su habitación y se tumbó en la cama. Su madre no quiso molestarla, realmente no le venían a la cabeza otros temas que sacar. Así que la dejó dormir hasta el otro día. 

A la mañana siguiente, se despertó sintiendo que había dormido toda su vida. Abrió la mano y allí estaba el cromo. Imaginó una inmensa sonrisa en el rostro de Guille y vio todo muy claro. Disponía de un día para conseguirlo. Tenía que averiguar cómo se llegaba al cielo.