25.2.13

Gainsbourg



“Je suis venu te dire que je m'en vais…” Antonia no tenía la menor idea de lo que significaba esa canción, pero disfrutaba muchísimo rumiando las palabras al ritmo de la música. Cada vez que la cantaba imaginaba que un pañuelo de seda gris se le deslizaba por la garganta. Y aunque sospechaba que aquel hombre daba muy malas noticias a una mujer, usando el tono de voz que usan los médicos cuando no hay cura, le seducía la idea de que algún día un hombre le hablara así. En esos momentos le hubiera encantado saber francés, aunque en el fondo temía que aprendiendo el idioma rompería el hechizo de la seda. Además cada vez que se imaginaba diciéndole a su marido que destinaría la mitad de su sueldo de chacha a pagar clases de francés, le podía la risa. “¿Pero a dónde vas?!” - le diría- “¿a dónde vas aprendiendo francés?!” A veces lo pensaba en el autobús de camino al chalet de los Carbajosa, donde trabajaba, y trataba de reprimir la risa, pero imaginaba la cara de memo que pondría su marido y se le saltaban las lágrimas de las carcajadas. Entonces subía el volumen de su aparatito, su Walkman y cantaba. Los Carbajosa sí que sabían francés. Un día oyó a la señora Carbajosa decir una frase por teléfono que reconoció en seguida. Estaba planchando unas servilletas y dio un respingo cuando escuchó “ye suí” y algo más que no entendió dado que no figuraba en la famosa canción de Gainsbourg. Le pareció un desperdicio de conocimiento que sólo dijera esa frase en francés y el resto de la conversación en español. Un día, después que la señora insinuara que era una tarada por haber desdibujado el filo de un pantalón de su marido, Antonia se incorporó y cuando la tuvo frente a frente le dijo a borbotones:


“Je suis venu te dir'que je m'en vais, tes sanglots longs n'y pourront rien changer, comm'dit si bien Verlaine "au vent mauvais", je suis venu d'te dir'que je m'en vais, tu t'souviens des jours heureux et tu pleuras, tu sanglotes, tu gémis à présent qu'a sonné, l'heure, des adieux à jamais, oui je suis au regret, d'te dir'que je m'en vais”.


De repente se congeló la película durante treinta largos segundos. Ninguna de las dos daba crédito a lo que acababa de suceder. Treinta segundos de inmovilidad absoluta que dieron paso a semanas con cientos de miradas de desconfianza de parte de la señora Carbajosa. Miradas incontrolables que intentaban esconder sentimientos de inferioridad. Hasta que una mañana la señora le dijo que no hacía falta que viniera el mes entrante, que ya no la necesitaban. 

Esa tarde, antes de subirse al autobús, Antonia tiró a la papelera el aparatito Walkman.